Oct 12005

Coche roto, cambio de ciudad y de trabajo, dejar a su pareja de toda la vida, nuevas compañÃas, parece mentira que pudiera pasarle todo en la misma semana. De todas formas él ni se hubiera inmutado en esta situación, -creyó adivinar Ana mientras deshacÃa la maleta sobre el parqué del "nuevo" piso- asà que yo tengo que mantenerme firme y no darle vueltas. Al fin, después de revolver en el fondo de la maleta encontró el teléfono. -Uf, que suerte, creÃa que lo habÃa perdido- comprobó que no tenÃa llamadas ni mensajes y en un momento de furia contenida lo arrojó contra un cojÃn. Estiró con habilidad y fuerza cada una de las prendas que habÃa extendido por el suelo al buscar el móvil, y las volvió a doblar para dejarlas ordenadas, pero antes de ello tenÃa que dar una vuelta de reconocimiento por su nueva casa. Se puso de pie y se acercó a la ventana, pensaba que al abrirla se irÃa el olor de pintura que inundaba el cuarto, pero al asomar la cabeza por el blanco patio interior se dió de bruces contra el denso olor a humo de la cocina del bar de abajo. Cerró con dificultad la ventana de madera dando un pequeño golpe para acabar de sellarla y volvió las contraventanas ya que en la ventana de enfrente habÃa pantalones y camisetas de chicos jóvenes, probablemente estudiantes, y no querÃa, de momento, que nadie en el bloque supiera que vivÃa ahÃ. Acto seguido salió de su pequeña habitación por el largo pasillo hacia la sala de estar, a cada paso se oÃa quejarse a la tarima, llegó a la sala y al subir la persiana entró la luz con fuerza, abrió la puerta y desde el balcón apreció toda la parte vieja desde una perspectiva que le encantó, al ir a ver el piso no habÃa tenido tiempo de fijarse en todas esas casitas con tejados rojos, patios interiores con tomates y pimientos plantados, canarios colgados de diminutas ventanas y señoras tendiendo coladas mientras oÃan los programas matinales de la televisión. Después del largo viaje en tren se sentÃa hambrienta asà que decidió bajar a la calle a buscar una tienda en la que llenarse el frigo, que por cierto, olÃa a cerrado asà que lo abrió, por lo menos hasta que trajera algo. Bajó los cuatro pisos y no se encontró a nadie, aunque en el segundo tuvo que llegar a tientas al interruptor ya que la lucera no iluminaba hasta tan abajo, salió a la calle decidida y con el rápido paso que le caracterizaba, zapatillas baratas y sin cordones, pantalones chinos y blusa blanca a medio abrir que dejaba ver la camiseta interior, entonces lo oyó, a la vez que por el rabillo del ojo percibió un algo extraño. Estuvo unos pocos segundos acechando detrás de aquella esquina con los nervios de una colegiala adolescente robando un examen, sólo por el hecho de que no la descubrieran mientras observaba curiosa. Se recoge la coleta mientras se estira y disfruta del placer de llegar a una nueva ciudad. Un escalofrÃo le recorre el cuerpo, pero ella sabe que es la adrenalina de empezar una nueva vida.



